Cuando un emprendimiento nace entre asociados, la conversación clave no es solo “cuánto le toca a cada uno”

Muchos emprendimientos que surgen dentro de cooperativas, asociaciones, fondos de empleados o redes de economía solidaria empiezan con una ventaja importante: ya existe confianza. Hay una historia previa, cierta afinidad entre las personas y, en muchos casos, un propósito compartido. Esa base ayuda a arrancar, pero no resuelve por sí sola una pregunta que tarde o temprano aparece: cómo definir la participación de cada socio sin afectar la relación ni dejar el proyecto apoyado en supuestos ambiguos.

El error más frecuente es creer que esa conversación puede aplazarse sin costo. En la práctica, no desaparece; solo se traslada a una etapa en la que ya hay más desgaste, más expectativas y más cosas en juego. Dan Shapiro plantea que la discusión sobre la participación revela diferencias profundas entre los fundadores y que, precisamente por eso, conviene poner esas preguntas difíciles sobre la mesa temprano. Al Bsharah va en la misma dirección: si un equipo no puede hablar con franqueza sobre un tema incómodo al principio, probablemente tendrá problemas mayores después.

El problema no es repartir porcentajes: es reconocer aportes distintos

Cuando el emprendimiento nace entre asociados, es normal que aparezca una intuición de igualdad: todos pertenecen a la misma comunidad, todos quieren que el proyecto funcione y todos sienten que están aportando. Pero pertenecer al mismo entorno no significa haber aportado lo mismo ni asumir el mismo nivel de riesgo. Shapiro critica precisamente la idea de que un reparto 50/50 sea correcto por defecto y lo presenta más como una salida de compromiso que como una verdadera decisión de negocio. También subraya que la dedicación de tiempo completo, la reputación, el capital aportado y el avance concreto del proyecto cambian materialmente la discusión.

En este tipo de iniciativas, una persona puede poner dinero. Otra puede dedicar tiempo completo sin remuneración. Otra puede aportar conocimiento técnico, abrir relaciones comerciales o prestar activos para operar. Si esas diferencias no se reconocen desde el principio, lo que parece un acuerdo justo puede convertirse más adelante en una fuente de resentimiento. Por eso, más que discutir porcentajes “por intuición”, conviene construir criterios.

La confianza ayuda a empezar, pero no reemplaza la claridad

La confianza es un activo importante en los emprendimientos surgidos de una comunidad solidaria. Sin embargo, la confianza no reemplaza la necesidad de delimitar responsabilidades, aportes y reglas de revisión. Bsharah cuenta que, al discutir este tema con su cofundador, el proceso les permitió entender mejor las capacidades, trayectorias y contribuciones reales de cada uno. En otras palabras, la conversación sobre participación no solo sirve para repartir; también sirve para conocerse mejor como equipo.

Eso es especialmente relevante cuando el proyecto nace entre asociados. Muchas veces las personas ya se conocen como miembros de una entidad, pero todavía no se conocen como socios de una actividad productiva. Son planos distintos. En uno pesa la pertenencia. En el otro importan la ejecución, la continuidad, el costo de oportunidad y la capacidad de responder cuando aparecen tensiones reales.

Un enfoque más útil: participación basada en aportes y riesgo asumido

Aquí resulta valioso el enfoque de Slicing Pie. Su propuesta se presenta como una lógica autoajustable para asignar participación según lo que cada persona realmente aporta al proyecto, y además incorpora criterios para manejar separaciones del equipo de manera más justa. El propio curso enfatiza dos ideas: una “allocation logic”, para que cada integrante tenga exactamente la porción que corresponde, y una “recovery logic”, para manejar salidas sin imponer recompras innecesarias que pueden asfixiar al negocio. También ofrece plantillas, guías y hojas de cálculo para aterrizar el método.

No se trata de importar una fórmula de manera mecánica. Lo útil de ese enfoque, llevado al terreno de los asociados emprendedores, es algo más simple: ayuda a separar la afinidad personal del análisis de aportes concretos. Obliga a distinguir entre intención y contribución efectiva, entre apoyo simbólico y riesgo real. Esa distinción suele ser sana, porque reduce interpretaciones y mejora la calidad del acuerdo desde el inicio.

Una matriz sencilla para conversar mejor sobre la participación

Con esa lógica, en Brinko proponemos usar una matriz de puntuación como herramienta de trabajo. No sustituye un pacto entre socios ni la asesoría jurídica. Pero sí ayuda a ordenar una conversación que muchas veces se maneja solo desde impresiones personales.

La idea es simple: cada socio se valora en varios criterios y luego esos criterios se ponderan. El resultado no pretende ser una verdad matemática. Sirve, más bien, para que el equipo pueda justificar por qué una persona debería tener más o menos participación y para que el acuerdo no dependa únicamente de la intuición. Esta manera de abordar el tema es consistente con la recomendación de Shapiro de no refugiarse en un reparto igualitario por comodidad, con la experiencia de Bsharah de utilizar herramientas comparativas para enriquecer la discusión, y con la lógica de Slicing Pie de ajustar la participación a los aportes reales.

Por qué algunos criterios pesan más que otros

La ponderación que propongo no busca “premiar” a una persona sobre otra por afinidad, sino reconocer qué factores suelen ser más determinantes en una etapa temprana.

La dedicación efectiva recibe el mayor peso porque, en los primeros meses, el proyecto vive o muere por la constancia. Quien dedica tiempo real y sostenido, especialmente si lo hace sin una remuneración equivalente al mercado, suele estar asumiendo una parte muy importante del costo del proyecto. Esa lógica coincide con el énfasis que pone Shapiro en la diferencia entre compromiso de tiempo completo y participación parcial.

El avance concreto inicial también pesa alto porque reduce incertidumbre. Una idea sola tiene valor limitado; en cambio, un prototipo, un piloto, un cliente inicial o un activo ya construido acercan el proyecto a ingresos o financiación. Shapiro destaca justamente que un punto de partida difícil de replicar puede acercar a la empresa a facturación o inversión y, por tanto, merece un reconocimiento superior.

El aporte de capital tiene un peso relevante porque el dinero invertido en una etapa temprana corre un riesgo alto y puede ser decisivo para arrancar. Sin embargo, no le doy el peso máximo porque el capital por sí solo no reemplaza la capacidad de ejecutar ni el trabajo diario que sostiene el crecimiento. Esta jerarquía también es coherente con Shapiro, quien trata el efectivo como una inversión relevante, pero no como el único criterio.

La capacidad de ejecución y el liderazgo funcional ocupan un nivel intermedio-alto porque una iniciativa no crece por tener una intención valiosa, sino por convertir esa intención en decisiones, ventas, producto, operación o coordinación efectiva. En equipos pequeños, estas capacidades suelen ser menos sustituibles de lo que parece. Esta lectura se apoya tanto en el peso que Shapiro da a la ejecución frente a la idea como en la experiencia de Bsharah al usar la conversación sobre participación para identificar qué traía realmente cada cofundador a la mesa.

El riesgo asumido y el costo de oportunidad también merecen un peso visible. No todas las personas están sacrificando lo mismo. Algunas están renunciando a ingresos, estabilidad o reputación para hacer avanzar la iniciativa. Ese elemento importa porque la participación debería reflejar no solo lo que alguien aporta, sino también lo que expone. Esa forma de pensar está en línea con la noción de fundador que desarrolla Shapiro y con la idea de Slicing Pie de reconocer lo efectivamente puesto en juego.

Por el contrario, criterios como la idea inicial, el impulso de arranque, la red relacional o ciertos activos aportados reciben un peso más moderado. No porque sean irrelevantes, sino porque, en proyectos nacientes, suelen rendir mejor cuando están acompañados de ejecución sostenida. Una buena idea sin continuidad pesa menos que una dedicación constante; una red de contactos sin propuesta clara abre menos puertas de las que se supone. También aquí la lógica general coincide con Shapiro, quien valora la idea, pero la deja por debajo de la ejecución y del compromiso real.

La utilidad real de la matriz

La utilidad de una herramienta así no está en que “decida” por el equipo. Su valor está en que obliga a conversar con mayor precisión. Cuando los socios puntúan por separado y luego comparan sus valoraciones, suelen aparecer diferencias de percepción que de otro modo quedarían escondidas. Y esas diferencias, vistas a tiempo, son mucho más manejables que cuando el proyecto ya ha avanzado y alguien siente que el acuerdo original no lo representa.

Bsharah cuenta precisamente que el ejercicio les permitió aprender mucho más el uno del otro y salir más cómodos con su relación de trabajo.

Por eso, en emprendimientos nacidos entre asociados, ordenar esta discusión no debería verse como una señal de desconfianza. Más bien es una forma de proteger la relación, evitar ambigüedades y darle al proyecto una base más madura.

 


 

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